I’m “sandaling” in the rain
Si hay una cosa que estoy segura que extrañaría de esta ciudad, si un día no viviera aquí, son las cenas (largas, ricas, conversadas, bañadas con vino, reídas, musicalizadas, iluminadas con velas, coloreadas con todo lo que puedo encontrar de lindo por ahí) con amigos.
Los viejos, los de siempre, los que uno casi no ve porque no hay tiempo, los que se fueron y vienen de visita, los nuevos, que nunca dejan de aparecer en nuestra vida (gracias-por-eso). Una vez, una amiga me contó, para hablarme mal de alguien, que esa persona le soltó esta frase lapidaria: “uno a los 30 ya hizo todos los amigos que iba a hacer en esta vida”. Mi amiga me preguntó que qué opinaba yo de esa frase (ella y yo nos conocimos después de los 30) y le dije que me daba mucha pena por quien la pronunció.
Lo cierto es que si de alguna forma me siento bendecida es por el hecho de que mi marido y yo tengamos una especie de buenísima suerte para hacer amigos. Claro, que uno tiene sus amigos viejos, sus favoritos, sus polaroids del pasado con los que adora estar. Pero tengo que confesar que me encanta cuando las estrellas se alinean y uno tiene la buena fortuna de coincidir con otra gente en las ideas, en los gustos y en las cenas. Amo cocinar y servir cena para gente que me gusta, gente cuyas historias quiero oír, cuyas impresiones sobre las cosas quiero conocer, de la que siempre siento que puedo aprender algo.
Anoche nos tocó esa dicha con una pareja de seres muy especiales, a los que conocimos en una circunstancia un poco rara (nos dejó a todos un avión con vuelo sobrevendido) y con quienes hemos compartido un paseo inesperado y una cena maravillosa. Ambos son mayores que nosotros, han recorrido lo que según ellos son “dos tercios de su vida” y tienen el afán de hacer todo lo que se les pase por delante en el tercio que ellos dicen que les queda. Por eso se aventuran a tomar una carretera semi derrumbada en este país (que es un poco hostil en materia vial), a pasar 15 horas en un velero para ir a una playa, a darse un chapuzón en una piscina helada a las 7 de la mañana de un domingo y a improvisar un paseo de fin de semana con una pareja de desconocidos que, estemos claros, pudo haber sido una catástrofe.
No lo fue y por eso vinieron anoche a cenar a casa. Humildemente y encantados, mi marido y yo hicimos comida, pusimos la mesa y encendimos velas para recibirlos. Yo, como siempre, me excusaba con pena de las partes de la casa que no están “hechas” porque bueno, uno (yo) no tiene el tiempo ni el dinero para hacerse la cocina de sus sueños a los 35 años. Ellos, se divertían y nos llamaban, como han hecho desde ese primer paseo “los niñitos”. Y nosotros adoramos esa condición temporal que nos permite ser niñitos otra vez.
El cuento puede ser más largo, pero lo dejo hasta aquí para explicarles por qué lo traigo. La mesa, la comida, el vino, la cerveza, el pan, las velas son gratos por sí solos, pero la compañía es siempre lo que los hace grandes.
En momentos como este, en los que a veces se me cae el ánimo, noches como esa me dan la mano y me ayudan a levantarlo y sacudirle el polvo. Porque mi conclusión es que si uno es capaz de pasarla tan bien con relativamente poco en la mano (y mucho en la gente), a uno siempre le va a ir bien.
Creo en eso. Creo que cuando tienes una baguette y un amigo cerca con quién comértela, eres rico. Creo que si es más que una baguette y más de un amigo, eres súper rico. Y creo que si además tienes una botella de vino y gente nueva llegando a tu casa (a la que uno no invita a todo el mundo sino a quien de verdad quiere que entre y se siente) eres realmente un gran afortunado.
Hoy pasé todo el día dando saltos aquí y allá (en sandalias, bajo un clima que iba de los 30 y pico grados a la lluvia que se metía entre mis deditos) para buscar unas cosas que me encargó una querida amiga, a la que vamos a visitar mañana. Ella y su marido viven en los andes, en un pueblito diminuto metido dentro de la montaña y tienen un hostal maravilloso que fue uno de los primeros lugares que visitamos mi marido y yo cuando éramos novios. Ella es una cocinera excepcional y nos obsequió con su presencia mágica y la cena de nuestra boda. Y me quedan cortas las palabras para decir lo que disfrutamos cuando los vemos.
Mañana por la noche, seguramente, tendremos otra de esas cenas maravillosas. Esta vez seremos nosotros los invitados. Y mientras brindemos, voy a pensar que sí, que uno puede ser muy afortunado así como es ahora y que pocas cosas importan más en la vida que poder comer lo que sea, a la luz de las velas, con la gente que has elegido querer.
Ya les contaré esa y otras cenas.
Mientras tanto, les dejo otro par de zapatos.
I ♥
Asumo el riesgo de repetirme (¿qué es la moda, si no?), y me aventuro con estas irresistibles Dr Martens x Hello Kitty, una edición creada en conjunto a propósito de los 50 años de Sanrio Inc y de la casa de las botas de suela de goma.
Agosto 1, 2010
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1 Comentario Añade un comentario
1. Abdon | Agosto 7th, 2010 at 16:49
Hola, me gusto muchisimo esta entrada de tu blog, coincido totalmente con lo que dices de hacer amistades luego de los 30, en estos 2 ultimos años he hecho muy buenos amigos de los cuales aprendo todos los dias!
pd. soy mega fanatico de los Dr. Martens tuve unos, tendre otro par pronto, estan muy caros
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